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“Esos locos bajitos”

Una familia ha sido condenada a pagar 112.000 euros a su vecina por los “ruidos intolerables” de sus hijos al jugar, saltar y cantar en su vivienda… al parecer, sin ningún control, o al menos sin el control suficiente, para evitar alterar sustancialmente la vida de la demandante. Hasta el punto que la sentencia llega decir que los padres consintieron que sus hijos convirtieran la casa en el patio del recreo, y sin hacer obras de acondicionamiento acústico que limitara la transmisión del ruido entre las dos viviendas.

Así los llamaba Serrat en su famosa canción, y les reprendía con aquello de:

“Niño, deja ya de joder con la pelota,

niño, que eso no se dice,

que eso no se hace,

que eso no se toca.”

He recordado esta canción de Serrat al hilo de cómo los ruidos de esos locos bajitos” pueden acabar volviéndonos locos a los “locos mayores” 

He recordado esta canción al hilo de cómo los ruidos de esos “locos bajitos” pueden acabar volviéndonos locos a los “locos mayores”  cuando nos llega de Reino Unido noticia de una sentencia que abre un debate que nos debemos empezar a plantear también en nuestro país.

Me refiero a los limites o no de la conducta de los niños, cuando vivimos en una sociedad en la que nuestros hijos son las vacas sagradas, intocables, y en la que cada vez es más imperante la tendencia de que cualquier traba que se les ponga será tachada de regresiva y antisocial.

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“Niño, deja ya de joder con la pelota…”, la famosa frase de la canción de Serrat en la que reprendía a ‘esos locos bajitos’

Jugar, saltar y cantar… con mucho ruido

En esta sentencia, una familia ha sido condenada a pagar 112.000 euros a su vecina por los “ruidos intolerables” de sus hijos al jugar, saltar y cantar en su vivienda… al parecer, sin ningún control, o al menos sin el control suficiente, para evitar alterar sustancialmente la vida de la demandante.

Hasta el punto que la sentencia llega decir que los padres consintieron que sus hijos convirtieran la casa en el patio del recreo, y sin hacer obras de acondicionamiento acústico que limitara la transmisión del ruido entre las dos viviendas.

Una familia ha sido condenada a pagar 112.000 euros a su vecina por los “ruidos intolerables” de sus hijos al jugar, saltar y cantar

El debate que se plantea es si los ruidos de la convivencia familiar deben tener alguna limitación para poder permitir que otros vecinos, que viven en otras condiciones muy distintas, incluso opuestas (porque son jubilados, solteros, trabajadores autónomos), no vean alterada su forma de vida, y puedan seguir desarrollándola como antes de que llegaran los niños, sin que constituyan una condición a su libertad e intimidad en su hogar.

Sin duda, para centrar el problema, debemos decir que la responsabilidad es solo de los padres, que deben educar a los niños en el respeto a sus vecinos. Si un adulto, a los de nuestra generación nos decía, como Serrat, “niño deja ya de joder con la pelota”, nos íbamos sin rechistar con la pelota a otra parte.


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Ruido es ruido

Lo que se plantea es si cabe distinguir que el ruido provenga de unos niños o que provenga de jóvenes y personas mayores, pues en definitiva se trata de contaminación acústica, cuya consecuencia es que causa molestias graves, intolerables e inaceptables para la convivencia.

Se plantea si cabe

distinguir que el ruido provenga de unos niños o que provenga de jóvenes personas mayores, pues en definitiva se trata de contaminación acústica

Desde luego, nuestro Código Civil ampararía también una condena con fundamento en el artículo 1.903, que determina que la responsabilidad de los daños que causen los menores corre a cuenta de los padres, en relación con los artículos 1.902 y 590 sobre la responsabilidad por los daños causados por inmisiones, acústicas o de cualquier otra naturaleza, y más si se ocasionan en el ámbito de la privacidad del hogar.

Más aún, si se fundamenta en el artículo 7 del Código Civil sobre la prohibición del abuso del derecho ni el ejercicio antisocial del mismo, pues no se trata de que los niños no puedan ser niños y por tanto jugar en su casa, faltaría más, se trata de que esto no se haga a costa de cambiar la vida de los vecinos y la casa no sea, no se convierta, en el patio de juegos de los hijos.

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La pelota de Serrat se transforma en patinetes eléctricos, consolas de videojuegos y juguetes robotizados.

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Este nuevo debate es necesario ante las circunstancias sociales en las que la pelota de Serrat se transforma en patinetes eléctricos, consolas de videojuegos y juguetes robotizados.

La pelota de Serrat se transforma en patinetes eléctricos, consolas de videojuegos y juguetes robotizados

Y también porque los padres, por las exigencias del trabajo y la dificultad de conciliar con la vida familiar, son más permisivos cuando están con los niños en casa para compensar su falta de dedicación.

Esto nos lleva también a introducir otra cuestión: la responsabilidad social de las Administraciones Públicas, ya que es prácticamente imposible que los niños jueguen como antes, en las calles en estas grandes ciudades.

Es necesario promocionar y habilitar parques y canchas de juego que faciliten que los niños puedan divertirse en la calle y no sólo en el pasillo de su casa.

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Hay que crear en los niños una cultura social de respeto al otro, sobre todo en sus hogares

Tenemos que empezar a concienciarnos de que estos problemas no deben dirimirse en los tribunales, sino en los hogares y en las comunidades fomentando el diálogo, la educación y el respeto entre los mayores (los propietarios de los pisos) y haciendo partícipes  y conscientes a los pequeños.

Estos litigios suponen el fracaso de la convivencia vecinal y resultan de imposible solución si no se consigue educar a los niños para que sepan distinguir lo que se puede hacer en casa y lo que solo se puede hacer en el patio del recreo.

Este debate abre la puerta a planteamiento de futuro, pues hay que crear en los niños una cultura social de respeto al otro, sobre todo en sus hogares, pues de no ser así cuando los “locos bajitos” lleguen a ser “locos mayores”, difícilmente sabrán respetar a los otros, y entonces acabaremos todos locos de verdad.

Ricardo Ayala

Abogado de raza y vocación. Abogado de toga y tribunales. Abogado siempre de trato humano y personal. Primero la persona y después el cliente. 25 años de ejercicio ininterrumpido. Centrado en asuntos de índole civil, inmobiliario y propiedad horizontal. Especializado en defensa de las personas perjudicadas por el ruido. Si se puede evitar un juicio hay que luchar por evitarlo; pero si hay que luchar en un juicio, será sin tregua. Espero dedicar toda mi vida profesional a conseguir una sociedad más civilizada.

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